RECOPILACIONES '19

En esta sección encontrarás material específico sobre diversas psicoterapias, enfoques y autores.

 

El miedo es la enfermedad que más nos está afectando. La primera palabra que Buda dijo cuando salió de su estado de profunda meditación fue una que significa "sufrimiento". Todos tenemos sufrimiento con el cual lidiar en la vida y no nos ayuda tener miedo a esto, sino que lo empeora: "el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional". El miedo no se conquista, simplemente se cambia la relación con él. Se trata de un sistema de alarma que vela por la seguridad de la persona y la mantiene viva, pero puede volverse excesivo y eso es lo que se convierte en un obstáculo. Tenemos que encontrar esa parte dentro de nosotros que pueda mantener el miedo en balance. Está bien cuando uno siente miedo y éste lo ayuda a protegerse. El problema es cuando el miedo lo tiene a uno. En ese momento nos volvemos vulnerables a las cosas que pasan a nuestro alrededor.

La gente a veces pone mucha energía en encontrar una práctica específica o a un gurú, pero en realidad son éstos los que encuentran a la persona en el momento adecuado, cuando está lista. Lo importante entonces es estar listo. Practicar de la mejor forma que se pueda. La práctica de estar atento al momento presente es muy efectiva y se puede realizar en cualquier momento y en cualquier lugar, como cuando estás arreglando el jardín. El reino está alrededor tuyo y no lo ves. Cuando le preguntaban a Buda si él era un dios o era un gurú, él decía: “no, yo solo estoy despierto”.

Extraído de: beneficios de la meditación

Las medicinas que se utilizan para tratar la depresión ayudan a aumentar la cantidad de químicos que naturalmente ya existen en el cerebro, ayudan a conectar neuronas, algo que normalmente el cerebro es capaz de hacer sin ningún medicamento. Al inicio, las medicinas ayudan mucho; sin embargo, el cerebro funciona con retroalimentación constante. Uno de los problemas con las medicinas para la depresión es que el cerebro nota abundancia de un neurotransmisor y decide dejar de producirlo de forma natural. Tarde o temprano, esa medicina no funciona más. Entonces, a corto plazo la medicación puede servir, pero a largo plazo se deben encontrar alternativas naturales para aumentar la cantidad de neurotransmisores, y una de las mejores formas es hacer ejercicio aeróbico. La experiencia subjetiva entre tomar medicamentos y hacer ejercicio es prácticamente igual. En cuanto a la ansiedad, se ha comprobado que el yoga tiene efectos positivos. Probablemente algunas personas sí necesiten medicación, pero la mayoría podría reducir la cantidad de medicinas utilizando métodos de meditación.

Una de las formas más simples y a la vez más importantes en un tratamiento psicoterapéutico es observar la respiración. En el momento en que uno empieza a observarla, empieza a ser más consciente del estado físico y de lo que está sucediendo en la mente; y siendo consciente de todas estas cosas se puede, por ejemplo, notar cuándo una emoción está surgiendo. Cuando uno puede reconocer qué emoción está sintiendo, se empieza a tener una cierta distancia, un espacio de tiempo. Esto nos permite mirar la emoción y decidir, con mucha mejor sabiduría, cómo vamos a actuar. En vez de reaccionar instintivamente, podemos decidir qué acción vamos a tomar frente a esa emoción.

Cuando el miedo tiene a la persona (y no al revés)

Ante situaciones difíciles de afrontar o un malestar que no se sabe cómo manejar, las personas pueden recurrir a diversos sistemas que las protegen y que les impiden conectar con sus sensaciones o emociones. Sentirse vulnerable, culpable, poco importante o desprotegido, pueden ser sensaciones intolerables alrededor de las cuales se van desarrollando diversas “capas protectoras”.
La persona puede usar la desconfianza como un escudo para protegerse en relaciones con los demás que no sabe gestionar, recurrir a la fantasía para no mirar de frente su situación, a la idealización para construir lo que no encuentra en su vida cotidiana, “anestesiarse” con alcohol, drogas o deporte, para no sentir o esconder en rincones apartados de su mente aquellos recuerdos, emociones o aspectos de sí misma que rechaza o teme.
Esto puede generarse por la falta de confianza en las propias habilidades o por experiencias previas que no se quiere volver a vivir, entre otros factores. Estas defensas son, en cualquier caso, sucedáneos de los recursos y mecanismos psicológicos eficaces para regular las propias emociones y sensaciones, y para manejar la interacción con los demás de forma sana.
Por lo general, las defensas funcionan de manera inconsciente y, aunque pretenden aliviar el malestar, suelen ser contraproducentes e interferir enormemente en la calidad de vida de las personas. Por eso es importante identificar qué se empezó a realizar en un principio como una ayuda protectora, beneficiosa e incluso necesaria, pero que con el tiempo se ha convertido más en un impedimento para el bienestar.

PROTECCIONES QUE FRENAN

Diamantes en Bruto II (Dolores Mosquera)

Nuestros estados emocionales a veces nos desbordan, lo inundan todo.

Dejamos que sea nuestra desesperación, nuestro desánimo, nuestra angustia, la que tome las decisiones.

Dejamos que las creencias que arrastramos de antiguo sean nuestra referencia sobre el mundo actual.

Pero las emociones no piensan, son como bebés, como niños pequeños que simplemente sienten, a los que hemos de regular, calmar y estimular para que puedan estar bien.

Es importantísimo estar en contacto con nuestras emociones, pero a la vez es fundamental no dejarnos arrastrar por ellas.

Cuando tenemos muchas sensaciones acumuladas en nuestro interior, podemos sentirnos como en el momento en el que las experimentamos por primera vez. Funcionaremos como si no tuviésemos nuestra verdadera edad, como niños indefensos, desamparados, furiosos, encaprichados: desregulados.

Hemos de prestar mucha atención a esos niños, pero eso nunca ha de implicar que dejemos que un niño conduzca el coche.

El adulto que hay en nosotros ha de aprender, a veces desde cero, a cuidar de sus sensaciones, a entender sus emociones, a darse cuenta de sus necesidades.

Cuando un adulto sano cuida de un niño, percibe si su malestar tiene que ver con que tiene hambre, sueño o está enfermo, y le da lo que verdaderamente necesita, lo que le hace bien.

Aunque este aprendizaje no haya podido venir antes, yo puedo aprenderlo ahora. El adulto que somos ha de hacerse cargo del proceso. No tiene que saber hacerlo, simplemente ha de ponerse a ello. Para saber conducir, en general hemos de pasar por la autoescuela, como es lógico. No hemos de ser autodidactas cuando es más fácil aprender con ayuda.

Adquiriremos conocimientos de los que carecemos, y practicaremos lo necesario para adquirir habilidades que aún no tenemos.

Pero es imprescindible que nos pongamos al volante, que tomemos las riendas de nuestra vida.

Aprender a regularnos

No soy yo (Anabel González)

El amor entre los padres engendra amor por los hijos. A veces se oyen historias en las que se dice que un amor fogoso en el matrimonio consume toda la capacidad de amar en un hogar y sólo quedan cenizas para los hijos. Pero este modelo económico de suma cero no tiene sentido. Parece que la verdad es exactamente lo opuesto: cuanto más y mejor uno ama, tanto más amor dedica a los hijos y a todo el mundo.

Los niños que carecen de un lazo de amor maternal no consiguen desarrollar la confianza necesaria para amarse a sí mismos, creer que otros los amarán o sentir amor por la vida.

Se vuelven retraídos en la edad adulta, se encierran en sí mismos y a menudo están en confrontación permanente con los demás.

La cura Schopenhauer (Irvin D. Yalom)

El empleo de la “pedagogía venenosa” en la infancia limita lo que en realidad somos, lo que sentimos y lo que necesitamos. Algunas personas sienten que sólo pueden confiar en sus “máscaras”, porque de niños vivieron con el temor constante al castigo. “Somos tus padres y si te criticamos o te pegamos, es solamente por tu bien”. Llamamos “malos tratos” a la “educación” basada en la violencia (física, emocional, negligencia...), porque en ella no sólo se le niegan al niño sus derechos de dignidad y respeto, sino que se genera en su entorno una especie de régimen totalitario en el que le es prácticamente imposible percibir las humillaciones y el menosprecio de los que ha sido víctima, y aún menos defenderse de todo ello.

Es frecuente que las personas que han sido maltratadas por sus progenitores, normalicen esa actitud. Con el tiempo, el niño interioriza este tipo de dinámica en la relación con ellos, sobre todo para sobrevivir emocionalmente: interpretan sus percepciones, sensaciones y emociones; tratando de encontrar buenas acciones en el comportamiento de su familiar, donde un observador externo detectaría evidente menosprecio, manipulación o abuso. Un niño no tiene elección, está a merced de su cuidador y se ve obligado a reprimir sus emociones si carece de un testigo que le ayude y empatice con su sufrimiento.

Las expectativas originadas en la infancia pueden ser tan fuertes, que la persona puede llegar a renunciar a lo que es bueno para sí misma, con el objetivo de ser, por fin, como sus padres quieren que sea, y para no perder la ilusión del amor:

“Quiero a mi madre, pero ella no se lo cree, porque me confunde con mi padre, que la martirizaba. Eso me pone furioso, pero no quiero que ella vea mi rabia, porque entonces le estaría demostrando que soy como mi padre. Y eso no es verdad. Así que tengo que controlar mi rabia para no darle la razón, y entonces no siento ningún amor por ella, sino odio. No quiero odiarla, quiero que me vea y me quiera tal como soy, y no que me odie como a mi padre. ¿Qué tengo que hacer para hacer las cosas bien?”.

La respuesta es que es imposible hacer las cosas bien cuando uno toma como guía a otra persona. Uno sólo puede ser quien es, y no puede obligar a los padres a quererlo. Hay padres que únicamente pueden querer las máscaras de sus hijos y, en el momento en que se quitan la máscara, suelen decir: “quisiera que siguieras siendo como antes”.

Pero si es como antes, tendrá que ignorar sus emociones y terminarán apareciendo en forma de síntomas.

Al final, el adulto será una víctima de sus padres y la moral de éstos, pese a que haya descubierto todas las mentiras y el daño provocado a lo largo de los años. Es el cuerpo el que manifestará este sufrimiento, y por ello, se debe partir de ahí si la persona quiere contribuir a la mejora de su estado de salud. Empezar a prestar atención a lo que dice el cuerpo: emociones y sensaciones, y no tanto a lo que piensa la cabeza o lo que suelen decir los padres.

Sólo podrá elegir más adelante, como adulto, si se encuentra con un testigo cómplice. Tomando conciencia de este tipo de dinámicas en los vínculos con los demás, se posibilita el cambio para relacionarse con uno mismo, con sus padres y con los demás desde el presente, en vez de continuar con patrones antiguos que generan malestar.

Ya es hora de que se tomen en serio las heridas de la infancia y sus consecuencias, y se libre a la sociedad del cuarto mandamiento: “Si quieres vivir muchos años debes honrar a tus padres, aunque no lo merezcan. De lo contrario, serás infeliz y morirás pronto”. Esto no significa que se tenga que pagar con la misma moneda a los padres, ya ancianos, y tratarlos con crueldad; sino que se debe verlos como eran: reconocer cómo nos trataron cuando éramos pequeños, para liberarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos de este modelo de conducta. Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos idealizados y que continúan haciendo daño en la actualidad.

Reconocer el daño sufrido en el pasado, sería un primer paso para aprender a respetarnos como personas en el presente.

Adaptación de El Cuerpo Nunca Miente (Alice Miller)

La moral del cuerpo

Vivir en lugares ruidosos correlaciona con todo tipo de enfermedades físicas y mentales. En cambio, estudios recientes muestran que el silencio promueve la generación de nuevas células cerebrales (neurogénesis). ¿Pero quién tiene tiempo para mantener una disciplina meditativa que le permita silenciar el ruido del mundo y sus propios pensamientos? Dormir bien no se trata solamente de las horas de sueño, sino de la calidad del sueño. Y cuando ésta falla, es necesario tener la capacidad de abstraerse y estar en silencio. La calidad del sueño está relacionada con el silencio, ya que el sueño y la vigilia forman parte de un continuo de conciencia, en vez de constituir estados separados.

Un estado de silencio, paz y relajación, son los requisitos para el funcionamiento correcto de la mente y la percepción precisa de la realidad, según filosofías como el budismo. Sorprendentemente, la naturaleza de la mente no es la agitación, la aceleración o la excitación, por muy acostumbrados que estemos a ello. El estado natural de la mente emerge cuando se logra cultivar el silencio. Es lo que nos permite sentir la vacuidad de las cosas, que es descrita también como radiante y como infinita potencialidad. Al haber serenado los pensamientos y rumiaciones del día, es más fácil conciliar el sueño en un estado de calma lúcida, observación, aceptación e integración de las experiencias que hemos tenido.

La “concentración sin esfuerzo” sólo es posible una vez establecido un silencio interno. Es ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y los latidos del corazón. Es la conciencia del momento presente y la aceptación de la realidad, acompañadas de la relajación completa del cuerpo. Aparece el profundo silencio de los pensamientos, deseos, preocupaciones, fantasías, recuerdos… y diálogo interno en general. Y no se limita a los fenómenos mentales, sino a todos los contenidos que surgen espontáneamente en nuestro cuerpo y procedentes del entorno: emociones, sensaciones y percepciones.

Con el tiempo, el silencio se vuelve un elemento fundamental, siempre presente en la vida del alma. Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede beber tanto para el trabajo, como para el descanso. Entonces habrá no sólo concentración sin esfuerzo, sino también actividad sin esfuerzo.

Por norma general, a la persona de occidente la calma mental le estresa y/o asusta, y rápidamente busca llenar el espacio de objetos, y el silencio de ruidoLa práctica de mindfulness nos permite observar los fenómenos sin identificarnos con ellos, y sin olvidarnos de lo que está sucediendo en el presente, aquí y ahora. Esto ocurre porque “entrar en nuestro silencio” es similar a crear un espacio receptivo y una apertura en la cual caben todas las cosas, y desde la posición de la persona que observa, ésta no colapsa por los fenómenos que van sucediendo fuera de ese espacio. En la meditación no existen los ruidos externos o internos (diálogo interno) que capturan, enturbian o distraen nuestra atención.

Desde esta "zona del silencio" puede emerger la profundidad de la mente y del tiempo, nos coloca en el estado original y en la quietud que paradójicamente, nos integra con el cambio continuo de las cosas.

Extraído de: "Silencio y sueño: las dos necesidades de la mente que se han vuelto un lujo"

MOVERSE POCO ES MEJOR QUE MOVERSE MUCHO

NO MOVERSE ES MEJOR QUE MOVERSE POCO

MOVERSE ESTANDO INMÓVIL ES EL MOVIMIENTO DE LA CREACIÓN

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