RECOPILACIONES '20

En esta sección encontrarás material específico sobre diversas psicoterapias, enfoques y autores.

Falda verde

Siempre hay dos realidades: la que existe en las observaciones objetivas y la que pervive en la memoria de los pacientes. Se necesita conocer ambas, sin confiar plenamente en ninguna de ellas. Pues una historia no se reduce a los hechos, también se compone de la forma en la que éstos se recuerdan y se narran.

La somatización es la tendencia a presentar síntomas físicos en respuesta al estrés y las emociones.

Un mecanismo básico, normal y adaptativo mediante el cual, el cuerpo demuestra un malestar mental y emocional.

Por tanto, si los síntomas son transitorios y no incapacitan demasiado a la persona, no indican enfermedad ni trastorno. Las manifestaciones físicas de la infelicidad son algo que todos experimentamos, no se trata de un defecto de la personalidad ni son señal de debilidad, sencillamente forman parte de la vida. Y la vida, a veces es dura.

Y todos manifestamos esa adversidad de un modo u otro: hay quien llora, quien se queja, quien duerme, quien deja de dormir, quien bebe, quien come, quien lo paga con los que quiere, quienes somatizan y un largo etcétera.

Los dos síntomas psicosomáticos más frecuentes son el cansancio y el dolor. Son difíciles de evaluar porque no pueden medirse de manera objetiva.

Los síntomas físicos que enmascaran aflicciones emocionales, se convierten en trastornos psicosomáticos cuando sí repercuten de forma crónica y negativa en las actividades de la vida diaria de la persona.

El hecho de presentar síntomas físicos, oculta el malestar de raíz, de ahí que lo más frecuente sea la búsqueda de una enfermedad médica que explique el sufrimiento. El diagnóstico implica un tratamiento, una evolución y un pronóstico. Una etiqueta valida nuestro sufrimiento, ante nuestros ojos y ante los de los demás.

Sin embargo, en las pruebas realizadas se obtienen resultados normales o negativos en cuanto a una enfermedad orgánica, por lo que los pacientes se sienten forzados a aceptar el papel de ser alguien no diagnosticado, o a quien no puede ayudarse, cualquier opción se antoja mejor que la humillación de tener que acudir a terapia.

La sociedad es sentenciosa con las dificultades psicológicas, y las personas lo saben. La cultura siembra ideas que moldean las inquietudes sobre nuestros cuerpos, y que contribuyen a determinar lo que se considera una manifestación pública aceptable de la angustia o de la rabia.

En todo trastorno psicosomático, hay un componente de disociación, lo que implica que se ha producido una ruptura en la consciencia. La mente consciente se separa de lo que sucede alrededor, que está generando el malestar emocional, y que la persona no está preparada psicológicamente para reconocer y asumir. De ahí la aparición de síntomas físicos en respuesta a ese sufrimiento, pues resultan más aceptables y tolerables, que el malestar emocional provocado por los factores externos que lo explican.

En estos tiempos de cambios, va llegando el momento de actualizar las actitudes respecto al malestar emocional y la enfermedad psicológica.

la mente sobre el cuerpo i 

rosa material

Buscar una respuesta para un síntoma, es como buscar una cura para la infelicidad. No existe una única respuesta porque no existe una única causa. En ocasiones, basta con desentrañar qué objetivo persigue la enfermedad, con encontrar lo que falta e intentar sustituirlo, detectar cuál es el beneficio que genera y tratarlo. O, si el problema radica en las respuestas a los mensajes que envía el cuerpo, eso puede reaprenderse. Hay que romper los patrones del miedo y la evitación. Y en el caso de existir un trauma que detona la enfermedad, hay que procesarlo. Superar las dificultades a la hora de pedir ayuda, y dejar de considerar este tipo de síntomas como algo menos grave o real, que los de otras enfermedades. Sentir una inquietante seguridad sabiendo que nuestro cuerpo puede reaccionar de este modo al estrés.

Y, si quiere decirnos algo, nuestra intención es escucharlo. Sólo tenemos una vida, ¿por qué no explorarla?

Para que podamos considerar que una enfermedad grave tiene un origen psicológico, es esencial que creamos que tal cosa es posible y que sepamos lo extrema que puede llegar a ser una enfermedad psicosomática a veces. Es preciso que las personas acepten el poder que la mente ejerce sobre el cuerpo. Aceptamos informes de personas que utilizan hipnosis en lugar de anestesia, el efecto placebo, la homeopatía y medicinas alternativas, el efecto de la meditación y las dietas anticancerígenas, y todos los ejemplos imaginables de en qué medida la mente puede influir en el cuerpo. Entonces, ¿por qué nos resulta tan difícil creer que la mente provoque síntomas físicos? Frente a todos los efectos positivos, también puede haberlos negativos. Es un problema frecuente que puede afectar a cualquiera.

Para que se produzca un verdadero cambio en la percepción pública, todos debemos aceptar esa parte de nosotros que reacciona físicamente al mundo que nos rodea. Quizá si entendiéramos mejor por qué pierden el control nuestros cuerpos a raíz de un detonante interno, dejarían de parecernos tan inaceptables muchas reacciones extremas. Nos guste o no, seamos o no conscientes de ello, todos somatizamos nuestras emociones. Pensemos en la risa, que puede ser terapéutica, se libera la tensión interna, comunica sentimientos, puede distraernos. Si estamos estresados o asustados, podemos sentirnos mejor si lo suprimimos o negamos y, en vez de eso, buscamos algo de lo que reír. Y la risa puede ir mal: si es inadecuada o incoherente, aparece en diversos trastornos psiquiátricos y neurológicos. Es una demostración física de emociones, cuyo mecanismo aún no se conoce por completo, no siempre se controla voluntariamente, afecta a todo nuestro cuerpo, nos corta la respiración y acelera nuestro corazón. Es una parte tan natural de la experiencia humana que todas sus facetas se aceptan de manera universal. Ahora lo que debemos hacer es dar unos cuantos pasitos hacia nuevas constataciones: si podemos “morirnos de risa”, ¿no es igualmente posible que nuestro cuerpo pueda hacer cosas aún más extraordinarias cuando afronta detonantes más extraordinarios

la mente sobre el cuerpo ii

Enfado, trastornos psicosomáticos

El enfado tiene un cometido. Indica a los demás que no estamos bien y que percibimos una situación como injusta. Puede ser engañoso porque a menudo camufla otra cosa: un dolor o un temor silenciado. Y se malinterpreta fácilmente, tanto por quienes lo sienten como por quienes lo reciben. Su efecto asusta y puede ser dañino para ambas partes si no se gestiona de forma saludable. La persona contra la que se dirige, puede sentir ganas de desaparecer, posiblemente justo cuando más la necesitan. Se trata de aceptar el enfado como una fase de un proceso difícil, una emoción casi inevitable que forma parte del camino hacia la recuperación. Se lanza al aire una verdad desagradable y ésta tiene sus consecuencias. Con el tiempo, esa rabia se disipará y la persona podrá ir asimilando la nueva situación. 
Además de las emociones,
hay mecanismos de defensa como la negación o la evitación, que impiden la recuperación. El enfado al menos, indica que el mensaje se ha transmitido, mientras que la negación nos dice justo lo contrario. Cuando es imposible demostrar claramente un diagnóstico con pruebas objetivas que lo respalden, como es el caso de los trastornos psicosomáticos, siempre hay un margen para la duda. La mayoría de las personas quieren sentirse bien, pero a algunas, sentirse mal les proporciona una válvula de escape o una explicación a su fracaso. Las recompensas que pueden anclar de forma inconsciente a la persona a su incapacidad pueden ser compasión, atención y cariño por parte de otros, beneficios económicos o evasión de un problema. Quizá tengamos problemas en el trabajo, se acerca la fecha de una presentación y no nos sentimos preparados. Casualmente, aparece un dolor en los lumbares y tenemos que tomarnos unos días de baja, por lo que nuestro jefe se encarga de la presentación. Sin darnos cuenta, la enfermedad nos ha reportado un beneficio. 
Un marido rara vez pasa los domingos en casa. Desoyendo las protestas de su esposa, suele pasar todo el día fuera, jugando al golf y ella se queda en casa con los niños. Un fin de semana, ella no se encuentra bien y tiene que permanecer en cama. Contra su costumbre, su marido se queda en casa para echar una mano: la enfermedad ha conseguido algo que ninguna otra cosa había logrado antes.
En ocasiones, a pesar de todas las pérdidas que conlleva una enfermedad, también se puede ganar algo con ella. Puede costar renunciar a la incapacidad, si la recompensa es suficiente. Ahora bien, éste también es un proceso inconsciente.
Los síntomas psicosomáticos son, por su propia naturaleza, una muestra de negación.
Cuando es imposible medir objetivamente un síntoma, se presenta una oportunidad ideal para que la negación florezca. En estos casos, la negación del diagnóstico de un trastorno psicológico, es mucho más ardua de contrarrestar que el enfado o la ira y, tiene muchas menos posibilidades de encaminarse hacia la recuperación, debido a los beneficios secundarios que aporta a la persona o a su entorno.

beneficios secundarios

Mujer en Jacuzzi

La idea de una “personalidad somatizadora” no es completamente errónea. Las personas con rasgos de ansiedad, depresión, neuroticismo, tendencia a la preocupación, a sentir ira y culpa, son más proclives a desarrollar trastornos psicosomáticos. Hasta cierto punto, todos somos vulnerables, tenemos un umbral y, si lo traspasamos, cualquiera podría desarrollar ya no un trastorno psicosomático, sino cualquier trastorno. Nuestras experiencias tempranas nos ayudan a determinar dónde se situará nuestro umbral, y qué hará falta para que reaccionemos al estrés con síntomas y enfermedades psiquiátricas. La tendencia a somatizar suele originarse en la infancia. Un exceso de atención cuando el niño enferma, puede presentar un grave riesgo de aparición de dolencias sin explicación médica en el futuro. Aunque el dolor abdominal recurrente es frecuente en la niñez, sólo en un 10% de halla una causa orgánica. Afecta a la escolarización y provoca una gran inquietud en las familias.

Algunos trastornos psicosomáticos ocurren de manera progresiva, sin que exista un único detonante que los explique. Algunos suceden por un motivo evidente y otros por algo más complejo. Al ser más revelador, se suele intervenir con el primer síntoma o problema, pues suele haber un detonante que los precipita. Algunas experiencias se consideran estresantes, se midan por el baremo que se midan. La pérdida de un ser querido es un punto de partida habitual de la enfermedad psicosomática, sobre todo si ha sido traumática o ha dejado sentimientos de culpabilidad.

No obstante, no es tan fácil clasificar las vivencias como buenas o malas, de modo que la persona puede tener dificultades para identificar o reconocer el factor del estrés. Tener un hijo puede ser una noticia feliz para una pareja que lleva tiempo queriéndolo, pero un acontecimiento más complejo para una persona sin recursos económicos. Trasladarse a una casa nueva y bonita, emigrar o ascender en la empresa, pueden suponer un cambio positivo en nuestras vidas, pero al mismo tiempo también pueden ser un importante factor de estrés. Por lo que cuesta cuantificar el trauma si la persona no lo identifica como un agente estresante en su momento.

Otro precursor es la agresión física o sexual. Las mujeres son más vulnerables a experimentar situaciones traumáticas que desencadenan trastornos psicológicos, ya que es más probable que a lo largo de su vida se sientan amenazadas, maltratadas y atrapadas. Además, no es que unos tengan una vida menos estresante que otros, ni que afronten el estrés de manera más eficaz, sino que hombres y mujeres sufren, de diferente forma: las mujeres viven su aflicción internamente, mientras que los hombres la externalizan (mayor prevalencia entre ellos de alcoholismo y agresiones físicas). Existe también relación entre la somatización y la acumulación de factores leves de estrés (“pequeñas” preocupaciones que generan ansiedad a largo plazo).

La negación del estrés es algo inherente en este tipo de trastornos. Si se han transformado emociones desagradables en un síntoma físico, el paciente no siempre es consciente de que hayan existido. Y eso dificulta investigar la relación entre el estrés y la aparición de síntomas.

detonantes

consciencia, janet, disociación, memoria, percepción

La consciencia ya no se considera algo amorfo aislado, sino que, se la concibe como un todo integrado por múltiples aspectos, entre ellos la atención, la percepción y la memoria. La consciencia es el mecanismo con el que elegimos nuestra experiencia mental; no es un recurso ilimitado, lo que la obliga a ser selectiva, eligiendo por nosotros. Una vez algo ha entrado en nuestro campo de conciencia, la percepción nos posibilita identificarlo. La percepción es subjetiva, depende de nuestras vivencias personales y culturales.

La memoria puede dividirse en memoria explícita (las cosas que recordamos de manera consciente) y memoria implícita (las cosas que quedan fuera de nuestra consciencia), que nos permite montar en bicicleta aunque haga años que no lo hacemos. También es donde las respuestas emocionales pueden condicionarse por experiencias pasadas, incluso aunque no se tenga ningún recuerdo consciente de dichas experiencias. En otras palabras, es nuestra memoria subconsciente.

Janet definió la “conciencia” como aquellas experiencias sensoriales y pensamientos de los que somos conscientes de manera activa, los que reciben nuestra atención en cada momento. La describió como algo que se expande y se contrae, permitiendo que la realidad entre y salga de nuestro campo de atención. Consideraba que la consciencia era capaz de escoger entre qué percibíamos y qué descartábamos. Para entender esta idea, piense cuando en un momento es consciente de un ruido, y al siguiente deja de serlo, a pesar de que el ruido sigue ahí. Piense en la silla en la que está sentado. Cuando le presta atención, nota sus contornos contra su cuerpo, todo lo que toca su piel le produce una sensación. Pero nuestra mente descarta la mayoría de estas sensaciones como un ruido innecesario y presta atención a las cosas que le parecen más importantes. Janet describió cómo una sensación desatendida podía alejarse de la conciencia, no ya de manera transitoria, sino absoluta y completamente. De este modo, una persona podía perder la sensación de una extremidad porque su mente la ignoraba.

El subconsciente es el lugar donde se almacena lo que uno ha aprendido y experimentado, la información que no está inmediatamente disponible para la mente consciente. La consciencia existe en paralelo al subconsciente y ambos pueden ser mutuamente ajenos. Se puede producir una división o separación entre las distintas partes de la mente, la cual prive a una persona de la consciencia plena de la realidad. Los recuerdos y sentimientos pueden existir en partes paralelas de la mente, sin reconocerse entre sí. A esto Janet lo llamó “disociación”, que se produce cuando los sentimientos, pensamientos, recuerdos y sensaciones se desconectan entre sí. Consideraba que esa división estaba ocasionada por uno o repetidos traumas, y que provocaban que los secretos del subconsciente se escabulleran y ya no volvieran a estar disponibles de forma consciente para la persona. Una parte de la mente no es consciente de la otra: los recuerdos del pasado se ocultan al presente.

Cuando tenemos dificultades para entender cómo el subconsciente puede ocultarnos cosas de este modo, podemos echar un vistazo a la vida cotidiana en busca de evidencias: ¿alguna vez ha tenido una pareja que le engañara? El engaño puede prolongarse durante meses sin ser percibido, pero en cuanto se revela, nos damos cuenta de que lo sabíamos desde el principio. Habíamos visto las señales que así lo indicaban, pero habíamos relegado las sospechas indeseadas al subconsciente, hasta que nos hemos visto forzados a afrontarlas.

Nos ocultamos pensamientos que no nos gustan todo el tiempo. Y nos disociamos esporádicamente, por un breve lapso de tiempo: nos subimos al tren, llegamos al destino y nos percatamos de que no recordamos parte del trayecto; miramos la televisión y caemos en la cuenta de que hemos perdido el hilo y no sabemos de qué va el programa. Como en el experimento del gorila invisible, nuestra amiga está justo delante de nosotras, saludándonos con la mano, pero proyectamos la vista más allá y no la vemos. “¡Es imposible que no me hayas visto, me has mirado!”, nos comenta luego. Pero no la habíamos visto. No dábamos crédito a que se nos hubiera pasado por alto, pues es más difícil darse cuenta de lo que una no espera ver. Por un instante, nuestra mente ha empleado la atención selectiva y ha bloqueado algo de nuestro campo de visión.

Por extraño que pueda sonar, nuestra mente puede producir síntomas para protegernos de otra cosa, que sabe que no somos capaces de afrontar. En ocasiones, las personas parecen comportarse de un modo que les provoca infelicidad o dolor: discuten por cosas innecesarias, permanecen en relaciones de maltrato, abandonan sus ambiciones por razones en apariencia nimias... Los comportamientos que pueden antojarse irracionales, tienen más sentido si entendiéramos cuál es la función que cumplen. A veces entramos en conflicto con otras personas porque la intensidad de esa sensación nos hace sentir menos solos. Sentirse odiado puede ser menos doloroso que sentirse olvidado. Y a veces, estar con alguien es mejor que estar solo. En ocasiones, rendirse se antoja mejor que fracasar. Y fracasar a causa de una enfermedad suena mejor que fracasar a secas. Las sustituciones inconscientes que hacemos para protegernos no tienen sentido cuando si no las entendemos.

En la actualidad, la tecnología moderna está preparada para asimilar estas ideas abstractas y hacerlas más concretas. Técnicas como la resonancia magnética funcional pueden indicarnos qué zonas del cerebro median en distintos aspectos de la conciencia. Todavía queda mucho por entender, pero sabemos que determinadas partes del lóbulo frontal están implicadas en el mantenimiento de la atención, que el lóbulo temporal medial está implicado en la conservación de la memoria y que el tronco encefálico es importante para mantener la consciencia consciente.

NIVELES DE CONSCIENCIA

Todos lo hacemos en cierta medida: preocuparnos por algo que podría no suceder nunca, pero algunos lo convierten en una especie de hábito, y cuando eso ocurre, la anticipación de la enfermedad puede destrozar tanto sus vidas, que cuando enferman casi les supone un alivio.

Aunque es normal buscar tranquilidad, algunas personas revisan cada síntoma hasta que es esa revisión, en lugar de los síntomas en sí, lo que acaba incapacitando e interfiriendo para funcionar con normalidad. Tal es el calvario de quienes se preocupan demasiado por su salud.

Las personas con hipocondría, pueden obsesionarse con su salud y anticipar tanto la posibilidad de enfermar, que sus vidas pueden acabar dominadas por esta sensación. En los trastornos psicosomáticos, la incapacidad la provocan síntomas físicos reales, que tienen su origen en factores psicológicos y emocionales. En la hipocondría, no existe ninguna incapacidad física. Los síntomas en sí pueden ser inocuos, por lo que no es el síntoma lo que incapacita a la persona, sino la ansiedad que los síntomas –o la posibilidad de sufrirlos-, generan.

A diferencia de los trastornos psicosomáticos, en los que la persona puede sentirse emocionalmente bien y estable, en la hipocondría la persona vive con ansiedad gran parte del tiempo. Cada dolor y signo físico, por leve que sea, se magnifica en algo más grande. Como consecuencia, puede aparecer el hábito de autoexaminarse: “¿la marca que tengo en el brazo ha cambiado desde ayer?”, “cuántas veces he ido hoy al baño?”… Todos los síntomas monitorizados se memorizan y, de este modo, se perpetúan.

HIPOCONDRÍA

Adaptaciones de Todo está en tu Cabeza (O' Sullivan)

Les dejo enlace a una lista de reproducción con 13 vídeos cortos en Youtube, realizada por la unidad de investigación del centro Fórum en colaboración con EMDR Europe y EMDR España. Se trata de recomendaciones y pautas específicas, para ponerlas en práctica en casa mientras dure la situación de alarma que estamos atravesando. Hay algunos vídeos explicativos describiendo las posibles consecuencias a nivel físico y emocional que podemos tener, otros recomendando pautas saludables en función del colectivo -personas de la tercera edad, niñxs, sanitarixs, embarazadas, duelo...- y vídeos con ejercicios de respiración y relajación explicados de forma clara y sencilla.

Todos ellos han sido realizados por investigadorxs y profesionales muy cualificadxs en su área de intervención, socixs de EMDR España.

Espero que sea de utilidad y que puedan contar con unos minutos en casa para aprovechar este valioso recurso:

programa PsyCOVIDa

Seguir CONtuVIDa desde casa

Se podría decir que tenemos una importante misión al llegar a este planeta: vivir las experiencias una y otra vez hasta que podamos aceptarlas, y amarnos a través de ellas. Cuando una experiencia existe en la no aceptación, el ser humano se convierte en un poderoso imán que atrae sin cesar circunstancias y personas que le hacen revivir esa misma experiencia. Aceptar una experiencia no significa que ésta represente nuestra preferencia o que estemos de acuerdo con ella. Más bien se trata de ayudarnos a experimentarla de forma sana, y aprender a través de lo que vivimos. Sobre todo, debemos aprender a reconocer lo que es saludable para nosotros y lo que no lo es. Y se logra adquiriendo conciencia de las consecuencias que trae consigo la experiencia. Todo lo que decidimos o no, lo que hacemos o no, lo que decimos o no, lo que pensamos y lo que sentimos, entraña consecuencias.


Cuando nos damos cuenta de que una experiencia produce consecuencias perjudiciales, en lugar de reprocharnos a nosotros mismos o a otras personas, se trata de aceptar haberla elegido, aunque lo hayamos hecho inconscientemente, y caer en la cuenta de que tal experiencia no fue una decisión sana o inteligente. Nos acordaremos de esto en adelante; y viviremos así la experiencia en la aceptación. Debemos otorgarnos el derecho a cometer varias veces los mismos errores, o de vivir una y otra vez la experiencia que nos provoca sufrimiento, antes de llegar a tener la voluntad y el valor necesarios para transformarnos. Es cuando nos decimos "no quiero vivir ya así", que todo comenzará de nuevo.


¿Por qué no lo comprendemos desde un principio? Por nuestro ego, sostenido por nuestras creencias, que nos impiden ser lo que deseamos ser. Cuando sentimos que algo "no está resuelto", nos referimos a una experiencia vivida en la no aceptación. Nuestro ego suele jugarnos malas pasadas cuando trata por todos los medios de hacernos creer que ya está arreglada y que salimos impunes de ella. A menudo, para no tener que observarnos y perdonarnos, nos decimos: "sí, comprendo que el otro actuara así", sin asumir nuestra parte de la responsabilidad en la situación. De este modo, nuestro ego intenta ocultar las situaciones que dañan nuestra autoestima. Sucede entonces que aceptamos una situación sin habernos perdonado, o sin habernos concedido el derecho de sentirnos enfadados o dolidos, o de estar aún sufriendo por dicha situación. Estaríamos aceptando la experiencia, pero no nos estaríamos aceptando a nosotros mismos a través de ella; porque ni siquiera hemos reconocido las consecuencias emocionales que ha tenido sobre nosotros. No nos hemos visto a través de esa experiencia y no nos hemos parado a notar sus efectos en el cuerpo, sin juicios ni rechazos. Esta última aceptación -la de nosotros mismos- es más difícil, ya que nuestro ego no admite que las experiencias difíciles que vivimos nos muestran que nosotros actuamos de igual manera con los demás. ¿Te ha ocurrido que cuando acusas a alguien de algo, esa misma persona suele acusarte a ti de lo mismo? Esta es la razón por la que es tan importante aprender a conocernos y a aceptarnos en la mayor medida posible. Es lo que nos brinda la seguridad de que cada vez viviremos menos situaciones de sufrimiento. A nadie más que a ti le corresponde decidir sobre tu vida, en vez de que tu ego te controle. 


Hacerle frente a todo esto implica responsabilidad y coraje, porque inevitablemente tocamos antiguas heridas que pueden hacernos sufrir mucho. Cuanto más sufrimos a causa de una situación o en la relación con una persona, de más lejos viene el problema. Y con el tiempo, vamos construyendo "máscaras" para ocultarnos a nosotros mismos y a los demás, lo que aún no hemos podido resolver. La máscara representa a un tipo de persona, con un carácter que le es propio, ya que según la máscara creada, se desarrollan determinadas creencias que influyen en la actitud interior y el comportamiento. Cuanto más profunda es la herida, con más frecuencia sufriremos, y usaremos la máscara más a menudo. Recordemos que sólo nos la ponemos cuando deseamos protegernos.


La herida interior puede compararse a una herida física que tenemos desde hace tiempo pero que ignoramos tenerla, y cuya curación hemos descuidado. Preferimos vendarla sin tratarla previamente, para no verla. Este vendaje equivale a una máscara. Creemos poder vivir como si no estuviera, aunque en el fondo sabemos que esa no es la solución. Pero nuestro ego, no. Y nos hace dar vueltas sin rumbo... Digamos que la herida nos duele cada vez que alguien nos toca la mano, aun cuando se encuentre protegida por el vendaje. Los demás no quieren dañarnos, sólo querían sostenerla con cariño o invitarnos a bailar. Si duele, es que no nos hemos ocupado de la herida.

No hay nadie más que sea responsable de nuestro dolor.


Esto es lo que sucede con cualquier herida. Son muchas las ocasiones en que nos sentimos rechazados, abandonados, humillados, traicionados o tratados de manera injusta. Cada vez que nos sentimos heridos, es a nuestro ego al que le gusta creer que alguien más, y no nosotros, es responsable de que nos sintamos así. Entonces buscamos a quien reprochárselo.

Otras veces, decidimos que ese culpable somos nosotros mismos y nos boicoteamos. 
En la vida no hay personas culpables, sino personas que sufren. Cuanto más condenamos, más se repite la experiencia.

Pero cuando miramos con compasión a la parte humana que sufre, las situaciones y las personas comienzan a transformarse.

Adaptación de "Las cinco heridas que impiden ser uno mismo" (Lise Bourbeau, 2000)

Vendajes que protegen, pero que no curan

loca, locura, depresión

Llevo una existencia de fantasma. Camino sin rumbo por las calles, como si el solo hecho de moverme pudiera aliviar el sufrimiento de la conciencia, el dolor de la ansiedad que siento dentro. El pánico precede a la depresión, la anuncia. Es la absurda energía frenética anterior al letargo, un último intento de llevar a cabo algo a través del movimiento. En unas horas sentiré estar muriendo, y en cambio seré incapaz de morir.

Durante la depresión desaparece el mundo. El lenguaje en sí mismo. No hay nada que decir. Ni comentarios triviales ni anécdotas. Nada puede arriesgarse a ser dicho. Porque la voz interior es suficientemente apremiante en su propio discurso: “¿cómo viviré?, ¿Cómo me las arreglaré en el futuro?, ¿Por qué debería continuar? No hay nada ante mí, estoy perdiendo facultades. No quiero continuar avanzando hacia el futuro tal como lo veo”. El verdadero estado mental es una fuente de vergüenza, de modo que se guarda necesariamente silencio acerca de ello, sin abordar ningún otro tema. Sólo se escucha, intimidada por la conversación de los demás, y esa misma conversación es una invasión. Aun así, es preciso decir algo. Porque el campo de intereses es ahora muy reducido. Una misma. En peligro.

La pérdida de lenguaje es de suma importancia y representa un gran pesar. En realidad no desaparece, sino que viaja hacia dentro y hacia abajo. Marchitándose por el camino, volviéndose repetitivo, como cuando una se enfrenta con un peligro y repite las mismas fórmulas protectoras. Con todo, se llora la muerte del lenguaje, de la sociabilidad y la camaradería, porque ahora se necesita más que nunca. Y qué necesario se vuelve mientras una observa su superficialidad, el titubeo de los amigos, la frialdad de los desconocidos, la despreocupación esencial de la vida en sí misma. Y frente a este mal no se tienen palabras siquiera para protegerse del vacío. Se pierde el habla al tiempo que aumenta la impotencia.

Hay profesionales que apoyan la teoría de que la depresión es ira dirigida hacia una misma. Creen por tanto, que si consiguieran hacerme enfadar, habría algún avance. No lo tengo claro. Pero admito que lo más difícil de todo estando en este estado, es aceptar ayuda. Me doy cuenta mientras estoy sentada en la sala de espera, esperando a que aparezca mi número en la pantalla, lo que indica que mi medicación está lista. Y como es casi gratis, se eterniza todo el proceso. Días enteros gastados de este modo. Aceptar la droga legal de la dependencia. Era esto o correr hacia una muerte que carecía incluso de la energía del suicidio. Ya no caigo en la sofistería de que tengo razón y ellos están equivocados: nunca estuve loca, me volvieron loca, me malinterpretaron. Y a estas alturas he tomado suficientes pastillas para ser esa loca. Con qué facilidad se acusa a la verdad de una joven. Mis ideas y proyectos echados por tierra. Mi locura los ha aniquilado, ha acabado con mi apetito y con el sueño. Ojalá nadie me hubiera dicho que estaba loca. Entonces no lo estaría. No se lo imaginarían y por tanto, no actuarían en consecuencia. Y yo no me ofendería, no desconfiaría y no me distanciaría aún más. Tampoco me habría sentido tan humillada y traicionada hasta el punto de probablemente perder la cabeza. Cargada con esta etiqueta, en este contexto las acciones cuerdas se ven como pruebas claras e irrefutables de locura. Designada para estar tarada, cualquiera puede sentirse manipulada y retorcerse por obtener credibilidad, mirando en todas direcciones a la vez para ponerse a salvo, para huir de la red que siente que se acerca.

Una podría hacer un guión a partir de ello. Es como un juego, un juego malicioso.

Por supuesto, la locura es peor que un crimen. El crimen merece juicios, una defensa, sentencias declarando que eres culpable. Si te absuelven, eres libre de irte. Estando aquí, nunca te absolverán. Y a decir verdad, no eres ni de lejos tan inocente como presumes ser. Porque estás pirada, pensabas bobadas, decías chorradas, hacías tonterías. “Boba” viene a ser sinónimo de “loca”, es una enfermedad terrible y aterradora para el mundo. Tu locura es su posible locura. Y hay que sofocarla, sofocar todos los miedos ocultos que tiene la mente de extraviarse.

Los momentos de claridad son los peores. Ardes de humillación recordando la estupidez del día anterior, el contenido de tus propios pensamientos y la extravagancia de tu comportamiento. No el tedio de estar aquí encerrada contra tu voluntad. Cuando despiertes, te avergonzarás de recordar las barbaridades que dijiste, y de la naturaleza de las alucinaciones y los delirios que se instalaron en tu cabeza. Pronto no sabrás diferenciar, perderás la confianza. Estarás de acuerdo en que estás loca, que te corresponde estar aquí, que debes quedarte y tomar más pastillas. Y soñar de nuevo hasta que tu mente sea una masa gris corroída por el veneno y por tu propia vergüenza y fragilidad ante ello. El delito de la ausencia de cordura. La atracción de la locura como enfermedad. Y te derrumbas día a día y admites tu culpabilidad. Locura inducida. Si te niegas a tomar la medicación, te atarán y te inyectarán a la fuerza. Irracionalidad impuesta. Con toda la fuerza del Estado detrás, de las compañías farmacéuticas y una psiquiatría burocrática atrincherada. Creencias sociales inexpugnables, generales en toda la cultura. Y con todo el prestigio científico de la medicina. Cerrojos, barrotes, edificios, policías. Un sistema gigantesco.

¿Alguno de ellos ha tomado alguna vez esta mierda? ¿Saben el efecto que tiene en la conciencia, la percepción, las sensaciones, la lógica y el razonamiento? Cada joven profesional sanitario debería saberlo. Todo ha ido demasiado lejos, se ha convertido en un mundo cerrado y autosuficiente, legalmente hermético. Un antimundo, al otro lado de la racionalidad, su oposición. Ahora serás examinada y condenada por pruebas de la razón que son en sí mismas irracionales, que serán sopesadas y evaluadas por reglas de la lógica ilógicas. Y seguro que con los fármacos no las pasas. No es de la mente o de la razón de lo que se trata, sino del control.

En cuanto a los otros en el mundo que por el contrario podrían rescatarme de este encierro, recuerdo los poemas de otras personas, los poemas de amor, el amor de otras personas. Huiste de la Iglesia y de la familia para caer en la religión del arte y del amor. Destruidas las ilusiones, la libertad era un vacío. Ilusión, dijiste. Ideal, también. Es el perdón lo que hace que esta experiencia sea trascendente. El palo y la zanahoria… No, eso es demasiado fácil. Es el aumento de la compasión. Conservas un poco después, aunque la mayor parte se ha perdido. Superando la vergüenza y la culpabilidad, te encuentras a ti, superando la depresión.

Porque una vez que estás fuera, empiezan los tiempos realmente duros. Sí, y entonces vuelves a hacerte pequeña, niegas, sofocas esa autocompasión, pasas por una persona cuerda y bien adaptada o temblorosa pero conformista. Y las otras víctimas van desapareciendo de tu mente mientras tú estás ocupada pagando facturas, con las pequeñas preocupaciones de los que están a tu alrededor. Controlar todas las cosas, aferrarlas y no soltarlas. Vuelves a ser normal. Reparar mental, física y emocionalmente el daño es la clase de meditación adecuada para ausentarme de ese cautiverio. Amar es de por sí cordura, el resto es locura. Pero de nuevo, no sé cómo amarme a mí misma sin perderme en la locura que llevo dentro. Y aunque es cuestión de tiempo que me falle otra vez, cada vez tardaré menos en darme cuenta de que estoy volviendo a desaparecer.

Adaptación de "Viaje al manicomio" (Kate Millett, 2019)

   L  O  C  A