RECOPILACIONES '20

En esta sección encontrarás material específico sobre diversas psicoterapias, enfoques y autores.

Se podría decir que tenemos una importante misión al llegar a este planeta: vivir las experiencias una y otra vez hasta que podamos aceptarlas, y amarnos a través de ellas. Cuando una experiencia existe en la no aceptación, el ser humano se convierte en un poderoso imán que atrae sin cesar circunstancias y personas que le hacen revivir esa misma experiencia. Aceptar una experiencia no significa que ésta represente nuestra preferencia o que estemos de acuerdo con ella. Más bien se trata de ayudarnos a experimentarla de forma sana, y aprender a través de lo que vivimos. Sobre todo, debemos aprender a reconocer lo que es saludable para nosotros y lo que no lo es. Y se logra adquiriendo conciencia de las consecuencias que trae consigo la experiencia. Todo lo que decidimos o no, lo que hacemos o no, lo que decimos o no, lo que pensamos y lo que sentimos, entraña consecuencias.


Cuando nos damos cuenta de que una experiencia produce consecuencias perjudiciales, en lugar de reprocharnos a nosotros mismos o a otras personas, se trata de aceptar haberla elegido, aunque lo hayamos hecho inconscientemente, y caer en la cuenta de que tal experiencia no fue una decisión sana o inteligente. Nos acordaremos de esto en adelante; y viviremos así la experiencia en la aceptación. Debemos otorgarnos el derecho a cometer varias veces los mismos errores, o de vivir una y otra vez la experiencia que nos provoca sufrimiento, antes de llegar a tener la voluntad y el valor necesarios para transformarnos. Es cuando nos decimos "no quiero vivir ya así", que todo comenzará de nuevo.


¿Por qué no lo comprendemos desde un principio? Por nuestro ego, sostenido por nuestras creencias, que nos impiden ser lo que deseamos ser. Cuando sentimos que algo "no está resuelto", nos referimos a una experiencia vivida en la no aceptación. Nuestro ego suele jugarnos malas pasadas cuando trata por todos los medios de hacernos creer que ya está arreglada y que salimos impunes de ella. A menudo, para no tener que observarnos y perdonarnos, nos decimos: "sí, comprendo que el otro actuara así", sin asumir nuestra parte de la responsabilidad en la situación. De este modo, nuestro ego intenta ocultar las situaciones que dañan nuestra autoestima. Sucede entonces que aceptamos una situación sin habernos perdonado, o sin habernos concedido el derecho de sentirnos enfadados o dolidos, o de estar aún sufriendo por dicha situación. Estaríamos aceptando la experiencia, pero no nos estaríamos aceptando a nosotros mismos a través de ella; porque ni siquiera hemos reconocido las consecuencias emocionales que ha tenido sobre nosotros. No nos hemos visto a través de esa experiencia y no nos hemos parado a notar sus efectos en el cuerpo, sin juicios ni rechazos. Esta última aceptación -la de nosotros mismos- es más difícil, ya que nuestro ego no admite que las experiencias difíciles que vivimos nos muestran que nosotros actuamos de igual manera con los demás. ¿Te ha ocurrido que cuando acusas a alguien de algo, esa misma persona suele acusarte a ti de lo mismo? Esta es la razón por la que es tan importante aprender a conocernos y a aceptarnos en la mayor medida posible. Es lo que nos brinda la seguridad de que cada vez viviremos menos situaciones de sufrimiento. A nadie más que a ti le corresponde decidir sobre tu vida, en vez de que tu ego te controle. 


Hacerle frente a todo esto implica responsabilidad y coraje, porque inevitablemente tocamos antiguas heridas que pueden hacernos sufrir mucho. Cuanto más sufrimos a causa de una situación o en la relación con una persona, de más lejos viene el problema. Y con el tiempo, vamos construyendo "máscaras" para ocultarnos a nosotros mismos y a los demás, lo que aún no hemos podido resolver. La máscara representa a un tipo de persona, con un carácter que le es propio, ya que según la máscara creada, se desarrollan determinadas creencias que influyen en la actitud interior y el comportamiento. Cuanto más profunda es la herida, con más frecuencia sufriremos, y usaremos la máscara más a menudo. Recordemos que sólo nos la ponemos cuando deseamos protegernos.


La herida interior puede compararse a una herida física que tenemos desde hace tiempo pero que ignoramos tenerla, y cuya curación hemos descuidado. Preferimos vendarla sin tratarla previamente, para no verla. Este vendaje equivale a una máscara. Creemos poder vivir como si no estuviera, aunque en el fondo sabemos que esa no es la solución. Pero nuestro ego, no. Y nos hace dar vueltas sin rumbo... Digamos que la herida nos duele cada vez que alguien nos toca la mano, aun cuando se encuentre protegida por el vendaje. Los demás no quieren dañarnos, sólo querían sostenerla con cariño o invitarnos a bailar. Si duele, es que no nos hemos ocupado de la herida.

No hay nadie más que sea responsable de nuestro dolor.


Esto es lo que sucede con cualquier herida. Son muchas las ocasiones en que nos sentimos rechazados, abandonados, humillados, traicionados o tratados de manera injusta. Cada vez que nos sentimos heridos, es a nuestro ego al que le gusta creer que alguien más, y no nosotros, es responsable de que nos sintamos así. Entonces buscamos a quien reprochárselo.

Otras veces, decidimos que ese culpable somos nosotros mismos y nos boicoteamos. 
En la vida no hay personas culpables, sino personas que sufren. Cuanto más condenamos, más se repite la experiencia.

Pero cuando miramos con compasión a la parte humana que sufre, las situaciones y las personas comienzan a transformarse.

Adaptación de "Las cinco heridas que impiden ser uno mismo" (Lise Bourbeau, 2000)

Vendajes que protegen, pero que no curan

Llevo una existencia de fantasma. Camino sin rumbo por las calles, como si el solo hecho de moverme pudiera aliviar el sufrimiento de la conciencia, el dolor de la ansiedad que siento dentro. El pánico precede a la depresión, la anuncia. Es la absurda energía frenética anterior al letargo, un último intento de llevar a cabo algo a través del movimiento. En unas horas sentiré estar muriendo, y en cambio seré incapaz de morir.

Durante la depresión desaparece el mundo. El lenguaje en sí mismo. No hay nada que decir. Ni comentarios triviales ni anécdotas. Nada puede arriesgarse a ser dicho. Porque la voz interior es suficientemente apremiante en su propio discurso: “¿cómo viviré?, ¿Cómo me las arreglaré en el futuro?, ¿Por qué debería continuar? No hay nada ante mí, estoy perdiendo facultades. No quiero continuar avanzando hacia el futuro tal como lo veo”. El verdadero estado mental es una fuente de vergüenza, de modo que se guarda necesariamente silencio acerca de ello, sin abordar ningún otro tema. Sólo se escucha, intimidada por la conversación de los demás, y esa misma conversación es una invasión. Aun así, es preciso decir algo. Porque el campo de intereses es ahora muy reducido. Una misma. En peligro.

La pérdida de lenguaje es de suma importancia y representa un gran pesar. En realidad no desaparece, sino que viaja hacia dentro y hacia abajo. Marchitándose por el camino, volviéndose repetitivo, como cuando una se enfrenta con un peligro y repite las mismas fórmulas protectoras. Con todo, se llora la muerte del lenguaje, de la sociabilidad y la camaradería, porque ahora se necesita más que nunca. Y qué necesario se vuelve mientras una observa su superficialidad, el titubeo de los amigos, la frialdad de los desconocidos, la despreocupación esencial de la vida en sí misma. Y frente a este mal no se tienen palabras siquiera para protegerse del vacío. Se pierde el habla al tiempo que aumenta la impotencia.

Hay profesionales que apoyan la teoría de que la depresión es ira dirigida hacia una misma. Creen por tanto, que si consiguieran hacerme enfadar, habría algún avance. No lo tengo claro. Pero admito que lo más difícil de todo estando en este estado, es aceptar ayuda. Me doy cuenta mientras estoy sentada en la sala de espera, esperando a que aparezca mi número en la pantalla, lo que indica que mi medicación está lista. Y como es casi gratis, se eterniza todo el proceso. Días enteros gastados de este modo. Aceptar la droga legal de la dependencia. Era esto o correr hacia una muerte que carecía incluso de la energía del suicidio. Ya no caigo en la sofistería de que tengo razón y ellos están equivocados: nunca estuve loca, me volvieron loca, me malinterpretaron. Y a estas alturas he tomado suficientes pastillas para ser esa loca. Con qué facilidad se acusa a la verdad de una joven. Mis ideas y proyectos echados por tierra. Mi locura los ha aniquilado, ha acabado con mi apetito y con el sueño. Ojalá nadie me hubiera dicho que estaba loca. Entonces no lo estaría. No se lo imaginarían y por tanto, no actuarían en consecuencia. Y yo no me ofendería, no desconfiaría y no me distanciaría aún más. Tampoco me habría sentido tan humillada y traicionada hasta el punto de probablemente perder la cabeza. Cargada con esta etiqueta, en este contexto las acciones cuerdas se ven como pruebas claras e irrefutables de locura. Designada para estar tarada, cualquiera puede sentirse manipulada y retorcerse por obtener credibilidad, mirando en todas direcciones a la vez para ponerse a salvo, para huir de la red que siente que se acerca.

Una podría hacer un guión a partir de ello. Es como un juego, un juego malicioso.

Por supuesto, la locura es peor que un crimen. El crimen merece juicios, una defensa, sentencias declarando que eres culpable. Si te absuelven, eres libre de irte. Estando aquí, nunca te absolverán. Y a decir verdad, no eres ni de lejos tan inocente como presumes ser. Porque estás pirada, pensabas bobadas, decías chorradas, hacías tonterías. “Boba” viene a ser sinónimo de “loca”, es una enfermedad terrible y aterradora para el mundo. Tu locura es su posible locura. Y hay que sofocarla, sofocar todos los miedos ocultos que tiene la mente de extraviarse.

Los momentos de claridad son los peores. Ardes de humillación recordando la estupidez del día anterior, el contenido de tus propios pensamientos y la extravagancia de tu comportamiento. No el tedio de estar aquí encerrada contra tu voluntad. Cuando despiertes, te avergonzarás de recordar las barbaridades que dijiste, y de la naturaleza de las alucinaciones y los delirios que se instalaron en tu cabeza. Pronto no sabrás diferenciar, perderás la confianza. Estarás de acuerdo en que estás loca, que te corresponde estar aquí, que debes quedarte y tomar más pastillas. Y soñar de nuevo hasta que tu mente sea una masa gris corroída por el veneno y por tu propia vergüenza y fragilidad ante ello. El delito de la ausencia de cordura. La atracción de la locura como enfermedad. Y te derrumbas día a día y admites tu culpabilidad. Locura inducida. Si te niegas a tomar la medicación, te atarán y te inyectarán a la fuerza. Irracionalidad impuesta. Con toda la fuerza del Estado detrás, de las compañías farmacéuticas y una psiquiatría burocrática atrincherada. Creencias sociales inexpugnables, generales en toda la cultura. Y con todo el prestigio científico de la medicina. Cerrojos, barrotes, edificios, policías. Un sistema gigantesco.

¿Alguno de ellos ha tomado alguna vez esta mierda? ¿Saben el efecto que tiene en la conciencia, la percepción, las sensaciones, la lógica y el razonamiento? Cada joven profesional sanitario debería saberlo. Todo ha ido demasiado lejos, se ha convertido en un mundo cerrado y autosuficiente, legalmente hermético. Un antimundo, al otro lado de la racionalidad, su oposición. Ahora serás examinada y condenada por pruebas de la razón que son en sí mismas irracionales, que serán sopesadas y evaluadas por reglas de la lógica ilógicas. Y seguro que con los fármacos no las pasas. No es de la mente o de la razón de lo que se trata, sino del control.

En cuanto a los otros en el mundo que por el contrario podrían rescatarme de este encierro, recuerdo los poemas de otras personas, los poemas de amor, el amor de otras personas. Huiste de la Iglesia y de la familia para caer en la religión del arte y del amor. Destruidas las ilusiones, la libertad era un vacío. Ilusión, dijiste. Ideal, también. Es el perdón lo que hace que esta experiencia sea trascendente. El palo y la zanahoria… No, eso es demasiado fácil. Es el aumento de la compasión. Conservas un poco después, aunque la mayor parte se ha perdido. Superando la vergüenza y la culpabilidad, te encuentras a ti, superando la depresión.

Porque una vez que estás fuera, empiezan los tiempos realmente duros. Sí, y entonces vuelves a hacerte pequeña, niegas, sofocas esa autocompasión, pasas por una persona cuerda y bien adaptada o temblorosa pero conformista. Y las otras víctimas van desapareciendo de tu mente mientras tú estás ocupada pagando facturas, con las pequeñas preocupaciones de los que están a tu alrededor. Controlar todas las cosas, aferrarlas y no soltarlas. Vuelves a ser normal. Reparar mental, física y emocionalmente el daño es la clase de meditación adecuada para ausentarme de ese cautiverio. Amar es de por sí cordura, el resto es locura. Pero de nuevo, no sé cómo amarme a mí misma sin perderme en la locura que llevo dentro. Y aunque es cuestión de tiempo que me falle otra vez, cada vez tardaré menos en darme cuenta de que estoy volviendo a desaparecer.

Adaptación de "Viaje al manicomio" (Kate Millett, 2019)

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